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lunes, 18 de julio de 2011

LA REVOLUCIÓN IMAGINARIA


Siempre es apropiado aclarar los términos con que alguien significa algo. Así cuando hablamos de revolución establecemos que las revoluciones son los cambios o transformaciones radicales, profundas, respecto al pasado inmediato. Son consecuencia de procesos históricos y de construcciones colectivas. Para que una revolución exista es necesario que haya una razón para la nueva unión de intereses comunes o utopía, frente a las viejas ligazones sociales. La revolución siempre se efectúa con el propósito de combatir una injusticia, y como existen diferentes injusticias también existen diferentes tipos de revoluciones.
Por otra parte, entendemos por imaginario todo aquello que no es real y sólo existe en la imaginación.
De aquí en más, cuando, en estos tiempos que corren, oímos hablar de revolución, inmediatamente afinamos el oído, porque si hay algo de lo que nuestra historia carece es de revoluciones, expresadas en plural.
Excluyendo la Revolución de Mayo de 1810, que estableció un cambio profundo con el pasado, al romper los lazos con España y comenzar la guerra de la Independencia, el resto, llámese del Parque, del Treinta, Libertadora, Argentina o Proceso de Reconstrucción Nacional, han sido meros golpes de estado, rupturas del orden constitucional, inspiradas en intereses de círculo, harto egoístas para hablar de construcciones colectivas, como la definición exige.
Capítulo aparte le corresponde a la revolución imaginaria que alegan los acólitos de ese metabolito político denominado Kirchnerismo, y que según ellos arrancaría con la violencia armada de los Montoneros y otras bandas criminales, en la década del setenta, y que concluye con el advenimiento del finado Kirchner y su cónyuge a la presidencia de la  nación.
A la luz de la historia y de los hechos presentes, esta seudo revolución solo existe en algunos caletres alucinados, habida cuenta que alzarse en armas contra el gobierno Peronista en los años setenta. o mancillar las instituciones de la república, dilapidar de modo corrupto los dineros del estado, incrementar la inseguridad, la inflación, la desocupación, la pobreza, hacer del autoritarismo, la prepotencia y la mentira un método, del chantaje y la coacción una escuela, y de la falluta defensa de dudosos derechos humanos, un pingüe negocio para los Schocklender, Bonafini y quien sabe cuantos inescrupulosos más, aquí y ahora, en este siglo XXI, no constituye una revolución, sino sencillamente una asociación ilícita para conquistar un poder duradero que haga de la República Argentina una republiqueta deleznable.
Corren tiempos de definiciones históricas, sociales y políticas. Son tiempos de llamar a las cosas por su nombre. El que roba es un ladrón, quien miente, corrompe y divide al pueblo argentino es un mal gobernante, y quienes se oponen a ellos, son patriotas.
Al que le quepa el sayo, que se lo ponga…