A nadie se le ocurriría dejar las puertas de su casa abiertas de par en par, para que los que pasan hagan lo que quieran dentro de ella. Y si hubiere quien ejerciera tamaño dislate, su acción revelaría una insanía que justificaría una visita al hospital neuropsiquiátrico más cercano.
Estas conductas que serían alarmantes en lo privado se tornan repugnantes cuando son públicas, es decir cuando son deliberadamente establecidas como políticas nacionales por parte de quienes tienen el sagrado deber de velar por a integridad de los bienes, la seguridad de sus ciudadanos y la correcta administración de sus recursos.
Tales son los hechos que en el presente sublevan a cualquier ser bien nacido que se denomine nacional de esta tierra argentina.
Me refiero a la ocupación del Parque Indoamericano, culminación de un sinnúmero de acciones similares.
Un espacio público, es un espacio acomodado para el bien común, de gran importancia ambiental como es el caso Parque Indoamericano que acaba de ser ocupado, desalojado y vuelto a ocupar por quienes despreciando las normas de convivencia civilizada, consideran que por el simple hecho de necesitar una vivienda, pueden instalarse donde se les ocurra.
¿Quién no necesita o ha necesitado un techo? Pero eso no significa que los millones de argentinos que nos hemos esforzado desde hace varias generaciones para obtener una vivienda aceptemos que una necesidad justifica un desmán. Máxime cuando la mayoría de quienes cometen esos excesos son extranjeros a los cuales una ley absurda si no malévola para los intereses argentinos les permite enseñorearse en tierra ajena.
En mayo del año en curso el Gobierno reglamentó la Ley de Migraciones N° 25.871 afirmando que Argentina "ha reformulado los objetivos de su política migratoria, en un marco de integración regional latinoamericana y de respeto a los derechos humanos y movilidad de los migrantes, lo que genera un compromiso cada vez mayor de cooperación mutua entre los diversos estados parte del Mercosur". De su lectura se advierte que el marco legal promueve "la integración en la sociedad argentina de las personas que hayan sido admitidas como residentes y el reconocimiento efectivo hacia las personas extranjeras del arraigo en el territorio nacional".
Cualquier gobierno que se precie de respetar en verdad a sus ciudadanos, de vigilar sus fronteras y cuidar el inteligente aprovechamiento de los recursos, siempre escasos, para bien de la propia población nacional rechazaría semejante disparate legal.
Sin embargo en esta Argentina de hoy, donde nuestros propios niños mueren de hambre, nuestros jubilados sobreviven con mendrugos y la gente del común vive como en el lejano oeste, hay funcionarios que promueven la anarquía, la descomposición de las instituciones y el desmantelamiento de las fuerzas de seguridad.
El argumento falaz es que velan por los derechos humanos. Argumento que vociferan mientras se enriquecen en el ejercicio del poder y luego impunente se canonizan y se instalan en sus palacios amurallados, aquí o allá.
*Que fines inconfesables persiguen o a que sinarquía obedecen?
¿Que derechos humanos dicen proteger?:
* ¿Aquellos de los asesinos de la guerrilla criminal de los años setenta?
* ¿Aquellos de los vándalos que no respetan leyes ni derechos ciudadanos?
* ¿Aquellos de quienes al amparo de políticas suicidas, ante la deserción del gobierno nacional de sus obligaciones para cumplir y hacer cumplir las leyes, llegan a este territorio para exigir lo que es absurdo en cualquier parte del orbe civilizado?
De no ponerle rápido fin a estas y otras negligencias gubernamentales, se avecinan tiempos de horror. Las hordas bárbaras, los asesinos de toda laya, las mafias de narcotraficantes y de otros malvivientes, serán amos y señores de una sociedad indefensa.
Falta nomás que equipen a las fuerzas de seguridad con serpentina y papel picado para que festejen cada atropello a la comunidad organizada.
¿Es esto casual o es el resultado de una política de alcances insospechados, tendiente a postrar a un país aturdido.
¡Argentinos a las cosas! Dijo el filósofo español Ortega y Gasset hace muchos años, advirtiendo nuestra indolencia ciega. La admonición del gran hombre sigue vigente.
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