La argentina se encuentra atravesada por una crisis global que incluye rupturas y disfunciones profundas en el campo de la economía, la educación y el orden republicano.
Mal andan las cosas cuando se miente con las estadísticas, se oculta la inflación o se alteran los ciclos productivos por trabas diversas, desalentando la inversión local o extranjera, o bien se desalienta el ahorro y la iniciativa privada, motor de la economía moderna, generadora de empleos y progreso. El subsidio indiscriminado, el capitalismo de amigos del poder y el enriquecimiento ilícito de las cúpulas son plagas endémicas desde hace largo tiempo.
Peor andan cuando no se educa cívicamente al soberano, o por el contrario, cuando se lo malforma al estimularlo con derechos, sin la enseñanza de sus complementarios deberes. El raquitismo de la escuela pública es acaso la más patética de las lacras de los modelos populistas. Le prometen de todo al pueblo y le niegan el arma principal para la lucha por la vida: La educación.
El colapso final se percibe cuando la ley se infringe impunemente, ya sea por la infame modalidad del piquete, que al cortar calles o rutas impide la libre circulación ciudadana, o por la nociva costumbre de los funcionarios que desoyen los mandatos de la justicia, por citar dos ejemplos entre muchos. La usurpación de propiedades o de espacios públicos son comportamientos colectivos que nos acercan a la barbarie tan temida. Ante tales hechos, el estado ausente, desertor de sus deberes, expande la mediocridad de los que mandan y de quienes obedecen. La demagogia resulta entonces un fatídico instrumento y el debilitamiento del tejido social su propósito inconfesable.
Alguien dijo que los pueblos, como el pescado, se pudren por la cabeza. Tenía razón.
Ingresamos al siglo XXI con una notoria ausencia de líderes sociales lúcidos, honrados y con ideas políticas realistas. Esa es, acaso, la causa primigenia de nuestros males.
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